#LaicismoRealYa

En España necesitamos laicismo. Así de claro.

Y muchos dirán: “¡Joder! ¿No habrá cosas más importantes?”. La respuesta, aunque pueda parecer ambigua, es sencilla: Sí, pero no. Si nos limitamos a aislar el concepto de laicismo como la separación entre el Estado y las iglesias, ¡claro que hay cosas más importantes! (trabajo, educación, sanidad, corrupción…), pero si nos paramos un momento a analizar de dónde parte, qué pretende y que conlleva el laicismo, veremos que es la Democracia en sí mismo.

LaicismoRealYa

La laicidad del Estado y de sus instituciones es, ante todo, un principio de concordia entre todos los seres humanos fundado sobre lo que nos une y no sobre lo que nos separa. El laicismo recoge el testigo del lema revolucionario de “Libertad, Igualdad y Fraternidad” tan en boca de nuestra clase política, principalmente de la que se sitúa a sí mismo a la izquierda, pero que raras veces va más allá de sus propios textos programáticos o de mítines a la militancia.

Recientemente hemos visto con bochorno como un ayuntamiento presidido por un alcalde de un partido de lo que ha venido a llamarse en España la nueva política ha concedido la medalla de la ciudad a una imagen religiosa. Por si fuera poco en un partido que hace bandera del laicismo y la supresión de los privilegios a la Iglesia, algunos de sus máximos dirigentes han subido rápidamente a la palestra tratando de justificar este esperpento. Este paternalismo trasnochado es un recurso que venimos padeciendo en este país desde el golpe de estado franquista de 1936, primero por la fuerza y, desde la muerte del dictador, por una extraña inercia de nuestra clase política que, por conveniencia o inoperancia, no han permitido la emancipación ciudadana al no contar con ella más allá de las citas electorales.

Si a ese paternalismo, que no esconde otra cosa más que el miedo a que el pueblo hable, a que el pueblo decida, le unimos el oportunismo de los partidos, ¡eso sí que es transversal!, que afecta por igual a todo el arco político, tenemos el libro de ruta del político español. Este comportamiento resulta lógico en la derecha española, una derecha heredera directa del nacionalcatolicismo, que se siente muy cómoda rodeada de sotanas, mantillas, olor a incienso y besapiés; ni qué decir de la cantera que supone el Opus Dei para esta tropa… Pero lo verdaderamente insultante es que la izquierda española, desde el felipismo del PSOE, hasta los deslices confesionales que estamos viendo en los Ayuntamientos del Cambio, incluso en alguno que otro de IU, no haya hecho aún nada efectivo por despojar a la política de esta deriva confesional. Perdón, en la oposición y de boquilla han hecho más que nadie.

En Andalucía, esa tierra sorprendentemente incomprendida para la clarividencia ilustrada de algunos, por si no era suficiente con la confesionalidad administrativa de facto, ésta se ve rodeada del halo de esa religiosidad popular que nos meten hasta en el gazpacho. Estas manifestaciones están tan grabadas a fuego en la ciudadanía que ¡pobre el político que se atreva a criticarlas o ponerlas en cuestión! El sano ejercicio de proponer la separación de las creencias personales respecto del comportamiento democrático de las administraciones supone correr un riesgo electoral tan grande, una pérdida de votos tal, que los partidos prefieren vender su alma ideológica, abandonar su programa, y revestirlo de coherencia con nuestra idiosincrasia. En román paladino, hipocresía.

Se juran cargos ante crucifijos y biblias, símbolos religiosos suelen decorar, cuando no presidir, los más importantes escenarios de lo público, cargos electos presiden actos religiosos o supeditan su autoridad a símbolos de lo sobrenatural. Se subvenciona la caridad con dinero público, la misma caridad tras la que se escuda y justifica la jerarquía eclesiástica ante la opinión pública, se cede espacio público a hermandades y órdenes religiosas. Se exime de obligaciones fiscales, de obligaciones contributivas (IBI, tasas de ocupación de la vía pública, etc.), se cede infraestructura y trabajadores para actos religiosos y puramente confesionales. Se permite la invasión del espacio público por simbología religiosa mientras se abandona el patrimonio histórico. Y podríamos seguir largo y tendido con casos y casos que no hacen otra cosa que demostrar la injerencia del poder eclesiástico en el terreno civil, en el ámbito ciudadano.

Cualquiera que se pare a pensar un poco verá claramente la intencionalidad de los dos protagonistas de este teatro, por un lado la Iglesia Católica reforzando su poder, que a falta de fieles que la sostengan, lo hacen por ellos nuestras instituciones públicas y, por otro lado, el político, ese personaje de principios groucho-marxistas que prefiere gobernar sobre seguro.

Necesitamos laicismo. Necesitamos laicismo por el respeto a la libertad individual, por el respeto a que cada cual tenga las creencias o convicciones que desee. Lo necesitamos por una educación pública y laica de calidad, fundamentada en los hechos y no en los dogmas de ninguna religión. También por unos servicios públicos sin injerencias confesionales, porque no necesitamos crucifijos en los hospitales, ni en los juzgados, ni en las comisarías, cuarteles, prisiones… No necesitamos televisiones públicas retransmitiendo misas ni celebraciones religiosas de ningún tipo. Porque ninguna administración pública debe respeto ni honores a ninguna creencia, ya que éstas, por muy mayoritarias que sean, y aunque se manifiesten públicamente, no deben trascender más allá del ámbito particular de cada persona. Necesitamos avanzar como sociedad dejando atrás de una vez por todas un comportamiento público más propio de épocas oscuras y negadas al conocimiento que del siglo XXI.

Y necesitamos laicismo de verdad, laicismo efectivo, laicismo con todas sus consecuencias. Laicismo Real Ya.

 


Desde la Plataforma Laicista de Jerez, demandamos la denuncia y derogación del Concordato y los Acuerdos del Estado español con la Santa Sede, así como de los suscritos en el mismo sentido con otras confesiones religiosas.


 

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